ÚNETE A LA CRUZADA DE ROSARIOS POR LA CONSAGRACIÓN DE RUSIA

San Pío de Pietrelcina

"Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, para aplacarla y hacerla propicia. No te alejes del altar sin derramar lágrimas de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración"

Ramiro de Maeztu

"Venid con nosotros, porque aquí, a nuestro lado, está el campo del honor y del sacrificio; nosotros somos la cuesta arriba, y en lo alto de la cuesta está el Calvario, y en lo más alto del Calvario, está la Cruz."

miércoles 9 de diciembre de 2009

EL VIEJITO PASCUERO


Esta es la verdad de la milanesa: “Papa Noel” no existe ni existió. En su difundido diseño actual es tan sólo el esperpéntico producto publicitario de la “Coca-Cola” norteamericana allá por la década del ´30 en el pasado siglo XX.
Tanto éxito alcanzó el modelo que se lo eternizó como emblema definitivo de una Navidad filantrópica, despojada de toda significación cristiana, aunque no religiosa, reducido este estadio como lo fue a un mero sentimentalismo inmanente tan propio de una civilización horizontalista, relativista y sincretista esto es, en lenguaje paladino, un mundo que ha dado las espaldas a Dios para colocar al hombre.
Y es inútil intentar “bautizar” a semejante bodrio: “Papa Noel” ha venido para desplazar el Misterio trascendente y sublime de la Natividad del Verbo Encarnado, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad que se hace Verdadero Hombre para rescatar y redimir a los hombres mediante el Misterio inaudito de su Pasión, Muerte y Resurrección.
Desde allí brotaban como de cristalina fuente los antiguos gozos navideños (belenes, villancicos, misachicos, etc.) y los niños, entonces, NO recibían regalos sino que los ofrecían al Niño pobre pero infinitamente rico que yacía en un austero pesebre, amamantado por una Virgen, sostenido por un viril Patriarca bíblico, adorado por Magos sabios y misérrimos pastores y glorificado por una multitud de Ángeles celestiales que entonaban las divinas alabanzas y no la pagana exaltación del hombre mundano: “¡Gloria a Dios en las Alturas y paz a los hombres en quienes Él se complace!” (Lc. 2,14).
No, no se recibían regalos, ya que todos y todo se ofrecía para ese Niño misterioso que “hoy nace y eterno es ya”: “Todos le llevan al Niño / yo no tengo qué llevarle / le llevo mi corazón / que le sirva de pañales!”.
Así cantaban nuestras preciosas coplas españolas y, por lo mismo, americanas y argentinas. Pero así, o en tono parecido, cantaban también los infinitos villancicos de la extinguida Cristiandad: “¡Noche de paz, noche de amor / todo duerme en derredor / entre los astros que esparcen su luz / bella anunciando al Niñito Jesús!”.
No había ningún “Papa Noel” disfrazado de mamarracho, con este dudoso nombre de notoria filiación galicana. Y no me vengan con que este desagradable personaje que habita ¡en el Polo norte! tiene, ni remotamente algo que ver, con el “Santa Claus” de los países nórdicos o alemanes (cuando todavía éstos eran cristianos) ya que este “Claus” no es sino el apócope de “Nicolás”, vale decir, del que la liturgia romana llama “san Nicolás de Bari”, aunque no fue de Bari (Italia) sino de Patras (Grecia), bien que en la bella ciudad suditaliana se guarden sus sagradas reliquias.
Este santo obispo del s. IV y cuya festividad litúrgica cae en los albores del Adviento (6 de diciembre) ha quedado vinculado en la tradición de algunos países a los obsequios de la Navidad en razón de un curioso episodio de su vida, en general bastante legendaria: un habitante de Patras había perdido toda su fortuna y sus hijas quedaron sin dote corriendo el riesgo de prostituirse. Enterado Nicolás tomó unas monedas de oro y en la oscuridad de la noche las arrojó por la ventana de la casa del hombre desafortunado, relato que recoge el Breviario romano en el II nocturno de su fiesta (cfte. también Buteler, Tº IV) y que ha dado origen al mito de la chimenea.
San Nicolás, al menos en la iconografía latina es representado con mitra (fue, como dije, un obispo) y cualquier otro agregado en el atavío, si se conserva su significación soteriológica, puede admitirse como un aporte de carácter folclórico, inocuo en sí mismo y simpático incluso para los pueblos así representados.
Pero, de ninguna manera es posible identificar al obispo de Mira con esa monstruosa invención de la propaganda yanki que, se lo haya querido o no, ha logrado suplantar definitivamente el sentido salvífico de la Navidad por una francachela (no de alcohol, que al fin de cuentas sería lo de menos) sino de refinada soberbia del “amor del hombre en favor del hombre sin Dios”: ateísmo idolátrico en frontal violación al primer precepto del decálogo: “Yo Yavé soy tu Dios… no habrá para ti otros dioses delante de mí” (Ex. 20,1) y “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” (Dt. 6,5, cit. por Lc. 10,27).
Así, pues, mis queridos lectores: Nada de sustitutos camuflados ni de dejarse engañar por la “labia” de los pseudo sapientes multimediáticos.
Que en esta nueva Natividad del Verbo según la Carne Él, y sólo Él, colme de alegría y paz nuestros corazones.


Ricardo Fraga

sábado 5 de diciembre de 2009

EL SENTIDO DIVINO DEL DOLOR HUMANO


Pasa que frecuentemente olvidamos el sentido del dolor. No porque no esté claro en la Escritura, o en los Santos o en tantas realidades con las que nos encontramos. Esto pasa porque el dolor se ve y las razones del dolor no se ven.
No se ven con los ojos de la cara, pero sí se ven con los ojos de la Fe.
¿Claro, y el que no tiene Fe? Bueno, el que no tiene Fe, tiene tres posibilidades. Primero, conservar la sensibilidad hacia el dolor y deprimirse o entristecerse hasta la muerte. Segundo, anestesiar su sensibilidad y vivir alienado (al menos respecto del dolor ajeno) aunque tendrá que vérselas con su propio dolor de todos modos, con lo cual, probablemente termine como el primero. O tercero, pedir la Fe.


Soneto de Francisco Luis Bernárdez que dice más sobre el tema:


Si para recobrar lo recobrado
debí perder primero lo perdido.
Si para conseguir lo conseguido
tuve que soportar lo soportado.
Si para ahora estar enamorado

fue menester haber estado herido.
Tengo por bien sufrido lo sufrido
tengo por bien llorado lo llorado.
Porque después de todo he comprobado

que no se goza bien de lo gozado
sino después de haberlo padecido.
Porque después de todo he comprendido

que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.



Sermón de San Juan Crisóstomo:


"Únicamente los cristianos saben estimar las cosas en su justo valor. No tienen los mismos criterios para alegrarse ni para entristecerse que los demás hombres. A la vista de un atleta herido, llevando en la cabeza la corona de vencedor, aquel que nunca ha practicado ningún deporte considera sólo la herida que hace sufrir al hombre. No se imagina la felicidad que le procura su recompensa. Así sucede con la gente de la que hablamos. Saben que padecemos pruebas, pero ignoran por qué las soportamos. Sólo ven nuestros sufrimientos. Ven las luchas en las que estamos metidos y los peligros que nos acechan. Pero las recompensas y las coronas les quedan ocultas, al igual que la razón de nuestros combates. Lo afirma San Pablo: “Piensan que no tenemos nada, pero poseemos todo.” (2Cor 6,10)

En cuanto a nosotros, cuando padecemos a causa de Cristo, soportémoslo con valentía, más aún, con gozo. Si ayunamos, saltemos de gozo como si estuviéramos nadando en delicias. Si somos ultrajados, dancemos alegres como si nos colmaran de elogios. Si sufrimos daño, considerémoslo como una ganancia. Si damos limosna a los pobres, démonos cuenta de que somos nosotros los que recibimos... Sobre todo, acuérdate que combates por el Señor Jesucristo. Entonces entrarás de buen grado en la lucha y vivirás siempre lleno de alegría porque nada nos hace tan felices como tener una buena conciencia."

martes 1 de diciembre de 2009

EL OBISPO CONTRA LOS SEPULTUREROS


Aceptemos la versión del descreído; aceptemos que la Iglesia católica es una mera sociedad humana, al estilo de un club de fútbol. Si un dirigente de un club de fútbol, invocando los estatutos de la sociedad que representa, advirtiera a los socios que el impago de las cuotas determina la expulsión del club, nadie se sentiría ofendido o amenazado: a quienes no perteneciesen al club, la advertencia del directivo les importaría un ardite; y a quienes sí perteneciesen, tal advertencia sólo les recordaría que, al ingresar en dicho club, aceptaron cumplir con las obligaciones que se establecen en su estatuto. Pero llega el obispo Martínez Camino y advierte a los católicos, invocando la doctrina de la Iglesia, que quien apoya el aborto no puede comulgar, o que quien lo perpetra incurre en excomunión, y tanto los descreídos como algunos sedicentes católicos se sienten ofendidos o amenazados. ¡Extraña reacción!
Unos y otros acaban tachando las palabras de Martínez Camino de «intromisión» en un ámbito que no le compete. Pero lo cierto es que Martínez Camino ha permanecido quietecito en el único ámbito que le compete, que es el de la ley de Dios o, dicho desde la perspectiva de un descreído, el de las normas que regulan la pertenencia al club que representa. Existe una confusión creciente en torno a lo que debe considerarse ámbito político y ámbito religioso. Si la política se enreda en cosas temporales, los obispos no deben intervenir; pero si la política invade los fundamentos éticos que se desprenden de la misma naturaleza humana, los obispos tienen la obligación irrenunciable de intervenir. Si no lo hicieran, estarían renegando de su ministerio; y, desde ese mismo instante, dejarían de ser obispos. Martínez Camino no ha hecho sino recordar lo que establece el catecismo de la Iglesia católica; en lo que cumple con su obligación, que no es otra sino predicar sobre los terrados lo que un día Cristo le susurró al oído.
Decía Chesterton que necesitamos curas que nos recuerden que vamos a morir; pero -añadía- mucho más necesitamos curas que nos recuerden que estamos vivos. Las declaraciones de Martínez Camino nos demuestran que es un cura de la segunda especie; o, dicho más propiamente, un cura capaz de resucitar a un muerto. Porque, desde luego, una sociedad que acepta el aborto es una sociedad fiambre; y los políticos que se creen investidos del poder para convertir un crimen en un derecho son sus sepultureros. A los sepultureros les jode sobremanera que un cura pronuncie palabras capaces de resucitar a un muerto; y enarbolan el azadón y la pala, dispuestos a descalabrarlo, por no dejarles desempeñar su oficio en paz, que es la paz de los muertos. Y es que las palabras de Martínez Camino, al fin y a la postre, apelan a principios antropológicos y éticos arraigados en nuestra naturaleza; principios tan evidentes como que la vida humana tiene que ser respetada y protegida en todas sus fases, pero muy especialmente allá donde más frágil e indefensa se halla. Y es natural que quienes han introducido la amoralidad como cimiento de la acción política, quienes han declarado abolidos todos los principios como medio para alcanzar los fines más execrables, quienes niegan la posibilidad de fundar las leyes sobre un razonamiento ético objetivo, quienes -en definitiva- conciben la política como una asociación organizada para la libre delincuencia que «legitima» los crímenes mediante la mera aritmética parlamentaria se revuelvan furiosos, al comprobar que las palabras de Martínez Camino hacen rebullir en el ataúd a quien ya creían muerto.
Para atreverse a resucitar a una sociedad que yace en el ataúd hace falta, desde luego, tenerlos muy bien puestos. Y es que los buenos curas, los curas capaces de resucitar a un muerto, deben ser célibes, pero en modo alguno eunucos.


Juan Manuel de Prada (ABC, 14/11/2009)


(Está claro, cuando los ministros de la Iglesia Católica se ponen firmes en algún tema apoyándose en la Doctrina de siempre, sus enemigos externos y sobre todo los internos, arremeten contra Ella como bestias del infierno. Lo que deja claro que cuando estos u otros ministros tomen la sabia y firme pero difícil resolución de devolver a Nuestra Santa Madre la Iglesia su resplandor, todos estos enemigos cargarán contra Ella con toda la furia de las fuerzas infernales y se cumplirán muchas de las profecías que muchos de nosotros bien conocemos.)

NUESTROS MÁRTIRES


MARTIRIO DE LA COMUNIDAD FRANCISCANA DE ALCÁZAR DE SAN JUAN (CIUDAD REAL, ESPAÑA)

La comunidad de Alcázar de San Juan, en julio de 1936, la componían seis religiosos asesinados: P. Martín Gómez de Lázaro Pérez, P. Juan Antonio López Linares, P. Ezequiel Moreno-Cid Rodríguez, P. Juan Diego Bernalte de Cózar, Fr. Antonio Pascual Salinas, Hno. Gabriel-José López Martínez, el P. Laurencio Alday de la Torre (quien cuando comenzó la guerra civil española no se encontraba en al convento pero fue apresado también el día 20 de julio estando refugiado en casa de una familia que lo había escondido) más Fr. Isidoro Álvarez, que no padeció martirio cruento por haberse salvado durante las ejecuciones.

La comunidad estaba preparada para el martirio. En uno de sus sermones había dicho el P. Ezequiel: "Si tenemos que dar la sangre, la daremos". La noche del 20 de julio de 1936, el convento fue cercado por una turba numerosa de socialistas y comunistas. Cuando amaneció el día 21, llamaron a la puerta unos milicianos, "de parte de la autoridad". Al abrir, dijeron al Hno. portero, Fr. Isidoro, que venían a llevarse a los religiosos. Se presentaron todos, con el hábito puesto. Los milicianos dijeron: "¡fuera hábitos!", Fr. Isidoro les entregó las llaves de la casa. Los Franciscanos, ya vestidos de seglares, salieron sin llevarse nada más que lo puesto, sin protestar, ni resistirse, ni intentar huir.

Sin llevarlos atados, los condujeron al Ayuntamiento, custodiados por ocho milicianos armados y escoltados por varios coches donde iban las "autoridades locales". Por las calles la gente socialista y comunista les lanzaba insultos y blasfemias. Los franciscanos iban en silencio. En el Ayuntamiento estaba también detenida la Comunidad de Trinitarios de Alcázar, la Comunidad de Concepcionistas Franciscanas y un novicio Dominico. La chusma roja que se había concentrado en la plaza gritaba: "Dejad que los matemos nosotros si no tenéis agallas vosotros. ¡Muerte a los curas!". El "alcalde" les dijo desde el balcón; "Esperad, esperad, que lo que se os ha prometido se realizará".

Hacia las dos de la tarde llevaron a los Franciscanos, a los Trinitarios y al novicio Dominico a la ermita a las afueras de la población. En todo el día 21 no recibieron nada para comer. Lo angosto del lugar, que no tenía ventanas, y el calor del verano suponía una gran molestia, pero nadie se quejó. Al principio rezaban en común, pero se lo prohibieron. A las personas que les llevaban comida les decían los carceleros: "¡Sí. traedles cosas, que ya les quedan pocos días!". Los Franciscanos se prepararon para el martirio con la oración personal y la confesión sacramental.

Hacia las 12 de la noche del día 26, sacaron de la ermita a los trece religiosos en dos grupos. Ellos salieron sin resistirse ni protestar. Ninguno trató de huir. Entre las 12 de la noche del 26 de julio y la 1 de la madrugada del 27 de julio de 1936 fusilaron a los Franciscanos, P. Martín, P. J. Antonio López, P. Ezequiel, P. Juan Diego, Fr. Antonio Pascual y el Hno. Gabriel-José, a los Trinitarios y al novicio Dominico a las afueras de Alcázar de San Juan, en el lugar llamado "Los Sitios" al oeste de la población. Fr. Isidoro cayó o se tiró al suelo sin ser herido y luego huyó.

Los cadáveres fueron llevados al cementerio municipal y enterrados allí, una vez hecha la autopsia.

sábado 28 de noviembre de 2009

MILITAR LA VIDA


Antes de emprender la marcha llena tu memoria con los Santos, los Héroes y los próceres. Militar la vida es descubrir el sentido de los días. Es sentirse convocado. Si te decides, carga tu alma con plegarias y el rigor de tu Credo convencido. Para los días más oscuros guarda la luz de la ternura que encendieron tus padres en los primeros días. Es necesario responder con el sí que compromete, y avanzar al objetivo trazado desde arriba. Iniciar la marcha con la absoluta conciencia de lo arduo y llevar el corazón colmado de canciones. Es caer y levantarse. Marchar con el temor de los que conocen los peligros y la confianza de los que creen en promesas. Vencer el cansancio y el desánimo con el anticipo imaginario del logro conseguido. Superar los fracasos con nuevos desafíos, y enterrar las derrotas sembrando la esperanza. Hacer de las lágrimas un rosario de consuelos. Y en los días turbulentos refugiarte en la inviolable interioridad de los que creen. Piensa en los que amas, y por ellos recupera el aliento en el combate. Busca los ideales juveniles y en ellos, encontraras la compañía de los que iniciaron contigo la marcha en los inicios. Piensa en los mas débiles, que han puesto en tu combate los últimos sueños en que creen. Imagina que un día, un niño escuchara tu historia e inspirado en ella comenzara a forjar la suya. Evoca los días felices, las mañanas luminosas y las noches cálidas de verano, la reunión familiar frente al fuego el abrazo del amigo que regresa, el primer beso y el mas puro sentimiento de tu primera novia, y en el recuerdo serán refugio al desanimo. Si ves que tu posición está rodeada, recuerda a Cortez en la noche triste. Si reniegas, Pedro arrepentidote marcará el camino de regreso. Si te acorralan imita a Pringles en Chancay. A Falucho en el Callao. A Cisneros que dijo “después de muerto hablamos”. Si te expulsan repite con Mac Arthur “volveremos”. Si no tienes armas acude a Giachinoque solo con su vida conquisto la historia. Si el aliento te abandona el héroe de Maratón llegará en tu ayuda. Si dubitas súmate a Cesar, y cruza el Rubicon. Si todos se rinden recuerda al araucano que no entrego su tierra o a Cáceres en su solitaria lucha de guerrillas. Si temes, Leónidas te dará las fuerzas. Si no tienes fuerzas, Guemes te cederá sus “infernales” para pelear por una causa justa. Si estas solo Onoda estará a tu lado. Si piensan que estas loco, recuerda que el espíritu del Quijote forjo un imperio. Si estas perdido el clarín de la retreta convocara a los tuyos. Y si tu cuerpo ya esta inmóvil el Cid te dará la victoria y cuando todos te olviden legiones de soldados desconocidos se presentaran a tu llamado y mientras milites ten la oración entre tus labios reza, pide, ruega, implora y espera cada santo te dará lo suyo. Tomas su sabiduría. Francisco su sencillez. Martín su humildad. Ignacio su espíritu aguerrido. Teresita su ternura. Domingo su elocuencia. Catalina su carácter. Carlos su paciencia. Pablo su fortaleza. Agustín su comprensión de los tiempos. Magdalena su esperanza y cuando no sepas a quien pedir pídele a todos los santos del cielo y ellos vendrán en tu ayuda. Y si estás vencido, con Cristo, desafía a la misma muerte. Y cuando eso no baste y el cansancio te agobie levanta tus ojos y encontrarás al Padre que espera tu regreso. El siempre estará, y en el más triste momento tendrás su mirada que es el anuncio de su abrazo, y el retorno al hogar con la misión cumplida. Milita, cánsate, atrévete y a pesar de todos los pesares podrás decir un día en el ocaso de tu vida con el rostro cruzado por arrugas “no fue en vano” e irradiarás la más hermosa sonrisa de un anciano que no ha envejecido. Tendrás entonces la eterna juventud de los herederos del reino de Dios. Por fin, Militar la vida es conservar el sentido de las cosas y expandir el Reino, de acuerdo al mandato dado. Militar la vida es fundar la esperanza en el Señor que no defrauda y mantener la Fe en medio de lo efímero con la absoluta convicción en la promesa.


Pedro José Giunta.

jueves 26 de noviembre de 2009

DECLARACIÓN DE 1974 DE MONS. LEFEBVRE


Nos adherimos de todo corazón, con toda el alma a la Roma católica, guardiana de la Fe católica y de las tradiciones necesarias para el mantenimiento de esa Fe, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y de verdad.

En cambio, nos negamos (como nos hemos negado siempre) a seguir la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante, que se manifestó claramente en el Concilio Vaticano II, y después del Concilio, en todas la reformas que de él surgieron.

En efecto, todas esas reformas han contribuido y siguen contribuyendo a la destrucción de la Iglesia, a la ruina del Sacerdocio, a la aniquilación del Sacrificio y de los Sacramentos, a la desaparición de la vida religiosa, a una enseñanza naturalista y teilhardiana en las universidades, los seminarios, la catequesis, enseñanza surgida del liberalismo y del protestantismo condenados repetidas veces por el Magisterio de la Iglesia.

Ninguna autoridad, ni siquiera la más elevada jerarquía, puede obligarnos a abandonar o disminuir nuestra Fe católica, claramente expresada y profesada por el Magisterio de la Iglesia desde hace diecinueve siglos.

"Pero aunque nosotros mismos (dice San Pablo) o un ángel del Cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema" (Gálatas 1, 8).

¿No es eso lo que hoy en día nos repite el Santo Padre? Y si manifestase cierta contradicción en sus palabras y en sus actos así como en los actos de los dicasterios, entonces optamos por lo que siempre se ha enseñado y hacemos oídos sordos a las novedades destructoras de la Iglesia.

No se puede modificar profundamente la "lex orandi" sin modificar la "lex credendi". A Misa nueva corresponde catecismo nuevo, sacerdocio nuevo, seminarios nuevos, universidades nuevas, iglesia carismática, pentecostalista, cosas todas contrarias a la ortodoxia y al Magisterio de siempre.

Esta reforma, por haber surgido del liberalismo, del modernismo, está completamente emponzoñada; sale de la herejía y desemboca en la herejía, aún cuando todos sus actos no sean formalmente heréticos. Resulta, pues, imposible a todo católico consciente y fiel adoptar esta reforma y someterse a ella, de cualquier manera que sea.

La única actitud de fidelidad a la Iglesia y a la doctrina católica, para nuestra salvación, es el rechazo categórico de la aceptación de la Reforma.

Por eso, sin rebeliones, sin amarguras, sin resentimientos, proseguimos nuestra obra de formación sacerdotal a la luz del Magisterio de siempre, persuadidos de que podemos rendir mejor servicio a la Santa Iglesia Católica, al Sumo Pontífice y a las generaciones futuras.

Por eso nos atenemos firmemente a todo lo que fue creído y practicado, en la Fe, las costumbres, el culto, la enseñanza del catecismo, la formación del sacerdote, la institución de la Iglesia, por la Iglesia de siempre y a todo lo que codificado en los libros publicados antes de la influencia modernista del Concilio, a la espera de que la luz verdadera de la Tradición disipe las tinieblas que obscurecen el cielo de la Roma Eterna.

Al obrar así, con la gracia de Dios, el auxilio de la Virgen María, de San José, de San Pío X, estamos convencidos de que permanecemos fieles a la Santa Iglesia Católica, Apostólica, Romana, a todos los sucesores de Pedro, y de ser los "fideles dispensatores mysteriorum Domini Nostri Jesu Christi in Spiritu Sancto". AMEN.


Ecône, 21 de noviembre de 1974

sábado 21 de noviembre de 2009

AGRADECIMIENTO A FRANCISCO FRANCO


“No voy a detenerme en la exposición de mis sentimientos personales ante la muerte de Francisco Franco. He comprobado, en mi asiduo contacto con el pueblo llano, cómo la persona de Franco, a través, precisamente, de su dedicación a la política en servicio de la Patria, ha echado raíces en los corazones. Son numerosísimas las familias en que se llora a Franco como a un padre. Y me refiero, en la mayoría de los casos, a personas y familias de condición económica modesta, que no se han beneficiado con cargos ni emolumentos especiales, sino que agradecen, sencillamente, el marco espiritual y social que Franco ha asegurado para todos los ciudadanos. Y no son sólo personas de cuya juventud sintetizó con la gesta liberadora de 1936; es como una tradición familiar asegurada por nuevas generaciones.

Personas llenas de emoción, gratitud y compenetración cariñosa. Para ellas no tiene aplicación a Franco el supuesto desgaste de los políticos: cuanto más pasaba el tiempo, más encariñados se sentían con él y más confianza ponían en su gestión de gobernante. Esas personas están traspasadas por la emoción de haber vivido bajo un caudillaje culminante en la Historia de España.

En lo que a mí toca, baste decir que no me avergüenzo de compartir esos sentimientos ni de que por ese motivo estas mejillas se hallen emocionadas con frecuencia.

Pero acaso sea más significativo que diga algo como representante de la Iglesia.

En septiembre de 1974, tras la enfermedad que Franco padeció aquel verano, coincidiendo con el declive y la proximidad del final de su vida, publiqué una exposición sobre «La Iglesia y Francisco Franco». En aquel reportaje incluía unas pocas, entre las muchas, manifestaciones laudatorias de Papas y obispos, que van desde Pío XII y los obispos contemporáneos de la Guerra de España ( de la que sólo sobrevive uno) hasta el Papa Pablo VI, (en una comunicación personal, hecha pública por otras fuentes eclesiásticas) y a prelados españoles vivientes, como, por ejemplo, los cardenales Bueno Monreal, Enrique Tarancón, González Martín (cuyas manifestaciones son, en unos, de ahora mismo; en otros, no lejanas en el tiempo).

Los elogios para la actitud y obra de Franco emitidos por esos prelados, tanto si se atiende a su contenido como a su unanimidad y persistencia a través de decenios, difícilmente los habrá recibido durante su vida ninguna otra persona en los últimos siglos.

A estos testimonios y a tantos otros ya publicados se podía unir uno quizá inédito y muy esclarecedor de tantas cosas raras. Confío en quienes puedan atestiguarlo lo hagan público en su integridad y con toda exactitud. Se trata de que un día el Papa Juan XXIII encargó expresamente a un cardenal de la Curia Romana que en su visita a Franco le trasmitiese una bendición especial y le asegurase la gran estima y cariño que el Papa le tenía, añadiendo que, por ciertas circunstancias, el Papa no podía decir públicamente su sentir. Franco escuchó este mensaje en posición militar de firme y con lágrimas de emoción".


Monseñor Guerra Campos


viernes 20 de noviembre de 2009

REQUIÉSCANT IN PACE


Animábus, quaésumus, Dómine, famulórum tuárum misericórdiam concéde perpétuam: ut eis profíciat in aetérnum, quod in te speravérunt et credidérunt.




video

Perdón por la última frase del video, aunque creo que es lo que pensamos casi todos los españoles de bien... ¿no?.

miércoles 18 de noviembre de 2009

CIRCULO CULTURAL "ANTONIO MOLLE LAZO"


Madrid, noviembre 2009. El Círculo Cultural Antonio Molle Lazo anuncia su seminario de formación mensual, que tendrá lugar (D.m.) el sábado 21. El ponente será Juan Bautista Fuentes, profesor titular de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid, quien hablará sobre "LA IMPOSTURA FREUDIANA. NECESIDAD DE UNA CRÍTICA RADICAL DE FREUD".

Será a las doce del mediodía, en la Fundación Francisco Elías de Tejada (C/. José Abascal, ant. General Sanjurjo, 38, bajo izquierda; Metro Alonso Cano, Gregorio Marañón, Iglesia) de la villa y ex corte de Madrid.

lunes 16 de noviembre de 2009

NUESTROS MÁRTIRES

Padre Eliseo Pérez González (Mercedario)

Nació en Acebedo (Chanderja de Queija, Orense) el 1 de febrero de 1895. Dos días después recibía las aguas bautismales en su parroquia natal de Santa María de Rabal. Tomó el hábito de la Orden de la Merced en Sarria (Lugo) el 9 de octubre de 1915. Realizó su profesión solemne el 19 de mayo de 1921 en Poyo (Pontevedra). Fue ordenado sacerdote el 11 de marzo de 1922.

De sus dotes de gobierno y prudencia dan fe los distintos cargos para los que fue destinado tan pronto como fue ordenado sacerdote, desarrollando primero su actividad apostólica en Puerto Rico, como párroco y Superior. El 15 de agosto de 1933 fue nombrado Superior del Convento de Herencia (Ciudad Real), en donde desplegó una labor religiosa y social extraordinaria, según el testimonio de cuantos le conocieron. El 21 de marzo de 1936 estableció la Adoración Nocturna. a puertas cerradas, predicando un sermón que fue toda una premonición de lo que iba a suceder.

El 20 de julio de 1936, estando en la sacristía preparándose para celebrar la Santa Misa, unos milicianos le obligaron a despojarse de la vestiduras sagradas y a recluirse en el convento, junto con los demás religiosos. En la puerta de la casa pusieron un miliciano que impedía las entradas y salidas. El 24 del mismo mes fueron obligados a despojarse del hábito religioso para ser conducidos al Ayuntamiento, allí les proporcionaron una documentación en que se hacía constar que eran frailes exclaustrados. El 25 de julio fueron llevados en coche particular a los montes de Herencia, sin dinero ni provisión alguna. Los frailes se dividieron en tres grupos.

El Padre Eliseo y Fray Olimpio anduvieron errantes por los montes, hasta que el 1 de octubre de 1936 fueron descubiertos y asesinados en el término municipal de Consuegra. Contaba entonces el Padre Eliseo 41 años. El 14 de junio de 1942 su cuerpo fue exhumado para ser enterrado en el presbiterio de la iglesia de la Merced, de Herencia (Ciudad Real).

jueves 12 de noviembre de 2009

LA TRISTE EXPERIENCIA DEL OLVIDO


Estos meses últimos del año de gracia de 2006, el presente número de "Tradición Católica" estará en sus manos en plena época navideña, nos empujan, o casi nos obligan, a dedicar este editorial a ese gran acontecimiento de nuestra historia patria, hace ahora sesenta años, dramático y glorioso a la vez, que fue la contienda bélica de 1936-1939, nuestra Cruzada, así, sin complejos tontos ni miedos absurdos. Cuando en España estamos sufriendo un ataque frontal a todo aquello que representó de grandeza y valor inigualable para defender la esencia misma de nuestra Patria, un ataque frontal a las causas mismas de aquel Alzamiento que no fueron otras que la necesidad de acabar con un estado de anarquía y disolución de la convivencia nacional, un ataque frontal a esa verdad histórica, imborrable e innegable, que hace referencia con necesidad absoluta a la gran persecución religiosa que llevó a cabo, con odio difícil de expresar en todas sus dimensiones, la República masónica y marxista, implantada en España en 1931, tras unas elecciones municipales manipuladas vergonzosa y cínicamente. Este editorial, esta reflexión, lo dividimos en tres puntos o tres partes para su mejor consideración. Vamos a verlos.

En primer lugar no podemos olvidar, ni un minuto podemos hacerlo, que esta gran Cruzada supuso, y sigue suponiendo en los momentos actuales, un diluvio de gracias sobrenaturales que constituyen, y debemos saberlo, nuestra fuerza inamovible y prenda de nuestra victoria en el combate que libramos contra los enemigos de España y de nuestra Santa Religión que pretenden conducirnos al caos. Gracias de tantos y tantos holocaustos martiriales que empaparon con su sangre nuestra tierras y nuestra historia, nuestra paz gozada durante cuatro décadas y nuestro combate en el presente que tortura nuestras almas y nuestra mentes. Nombres que nos hacen temblar de gratitud y de emoción como Antonio Molle Lazo, Víctor Pradera, Ramiro de Maeztu, Luis Moscardó, Monseñor Irurita, Monseñor Basulto, los cinco caídos de la cárcel modelo de Alicante que fueron fusilados en la mañana del 20 de noviembre de 1936, y tantos, tantos, tantos. Héroes y mártires que dieron su vida por el honor de Nuestro Señor y por una Patria unida y libre al amparo del estandarte de Cristo. Mucho tiempo se ha tardado en llevar a la gloria de los altares a muchos de estos hombres y mujeres que murieron por Dios y por España y cuando se les ha llevado, en el momento en que ciertas altas esferas civiles y eclesiásticas lo consideraron políticamente oportuno, la mayoría de estas canonizaciones y beatificaciones no han supuesto para los católicos españoles un grito de alerta para reavivar los espíritus en la gravísima hora presente, ni una sabia lección para no caer en los errores, trágicos, del pasado. Y sin embargo, a pesar de todo, nada ni nadie podrá hacer desaparecer a esta legión de mártires y de intercesores que con sus gracias benéficas nos asegurarán la victoria, una nueva victoria, cuando el Cielo así lo disponga, sobre los eternos enemigos de Dios y de España.

En segundo lugar hay que referirse forzosamente a la Carta colectiva del Episcopado español publicada el 1 de julio de 1937 con el fin de dar a conocer, especialmente a los católicos de todo el mundo, la realidad de nuestra Cruzada y las causas que la originaron. A través de sus páginas se explica con claridad meridiana cómo la República marxista, implantada en 1931, llevó a cabo desde sus inicios una labor de destrucción y aniquilamiento de todo lo católico y de todo lo genuinamente patrio enraizado, porque así nos lo declara la historia, en los valores religiosos más auténticos. La carta hace ver igualmente en toda su espantosa verdad la persecución religiosa que desde el primer estallido de la guerra se desencadenó contra la Iglesia Católica con una furia tal que nos retrocede al terror de las persecuciones de los emperadores romanos. Una República marxista que en educación, justicia social, cultura, relaciones internacionales, trabajo y relaciones laborales, creó un clima de desastre total que condujo a la Nación Española a uno de sus peores momentos históricos. Estas fueron las verdaderas causas de la Guerra de 1936, que la carta colectiva del Episcopado pone de relieve, sin olvidar esa conjunción de comunismo y masonería que constituyó el nudo central de este cataclismo.

En tercer lugar podemos contemplar cómo a los setenta años de iniciarse esta contienda la triste experiencia del olvido nos hace a muchos, sin exageración alguna, llorar de amargura. Los pueblos que olvidan su historia se ven condenados a revivir los mismos errores y desgracias del pasado y hoy por hoy muchos de nuestros compatriotas buenos, gente buena, pero sin aceite suficiente en sus lámparas por si la espera se hace más larga de lo previsto, han caído en la modorra y en la rutina, en la tibieza y en el olvido. Los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta y tristemente, desconsoladamente, de nuevo han vuelto a implantar en medio de nuestros campos y de nuestros hombres, de nuestra ciudades y de nuestra familias, la cizaña del odio y de la división, la sed de venganza y el afán de desquite.

Por eso, en este aniversario de tan gloriosa Cruzada, alcemos nuestra manos hacia lo alto para implorar del Cielo que nos sacuda de nuestra torpe somnolencia y enardecidos nuestros espíritus sepamos estar a la altura de la gravedad del momento presente, sabiendo que el hombre enemigo está en todo momento preparado para sembrar en los campos de trigo la mala cizaña, esos campos de trigo que costaron riadas de sangre ofrecida por lo más noble de nuestra Patria y que no podemos malograr con nuestro olvido que será traición y detestable abandono.


"Tradición Católica" Nº 208, noviembre-diciembre de 2006

martes 10 de noviembre de 2009

LA PERSONALIDAD RELIGIOSA DE JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA


"La felicidad es como la gracia: en el fondo, la felicidad "es" la gracia. Y el estado primitivo que acaso, cuando verdadero, fue un estado feliz, es como el estado de inocencia; no se recobra jamás una vez perdido. La gracia, sí; pero por otro camino: por el de la penitencia, por el del rigor. Quien ha perdido una vez la gracia inocente no llega encontrarla siendo "bueno", en el sentido literario y flojo de la palabra: bueno a la manera blanca, blanda, filantrópica, dulce, de la Sociedad Protectora de Animales, o del Ejército de Salvación. Esa es una falsa, satánica manera de cubrir en falso, con piel cerrada en falso, mucha carne podrida de culpas. Se puede volver a la gracia por la limpieza enérgica, dura, sincera, dolorosa y dolorida de la penitencia"

Sin duda alguna, José Antonio habla en estos términos de la virtud de la penitencia y del Sacramento de la Penitencia; y con gran carga poética describe las notas de esa confesión para dar salida a la "carne podrida"

Del libro "La personalidad religiosa de José Antonio" de Cecilio de Miguel Medina