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Haz, ¡oh Jesús!, que yo comprenda cada vez mejor el valor
y significado de tu Sacrificio Eucarístico
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La Santa Misa es el centro del culto litúrgico. Como la
obra redentora de Jesús culmina en el Calvario, con su muerte de cruz, así la
acción litúrgica, que prolonga la obra de Jesús en el mundo, culmina en la
Santa Misa, que renueva y perpetúa en nuestros altares el sacrificio de la
Cruz. Jesús quiso que los preciosos frutos de redención merecidos por Él en el
Calvario para todo el género humano, fuesen aplicados y transmitidos a cada
creyente individualmente por su participación en el Sacrificio Eucarístico. De
nuestros altares fluye sin cesar la fuente de gracia que hizo brotar Jesús en
el Calvario, fuente a la que todo fiel está obligado a acercarse un vez al
menos cada semana, asistiendo a la Misa festiva, pero a la cual nos es dado
aproximarnos todos los días, todas las veces que tomamos parte en el Sacrifico
del Altar. La Santa Misa es “la fuente de la vida”. Jesús repite si interrupción,
al ofrecerse e inmolarse sobre los altares: “Quien tenga sed, venga a Mí y beba”
(Jn. 7, 37).
“El augusto sacrificio del altar –dice la Encíclica “Mediator
Dei”- no es una mera y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo,
sino un verdadero y estricto sacrificio, en el que el Sumo Sacerdote,
inmolándose incruentamente, repite lo que una vez hizo sobre la Cruz” Idéntica la
Víctima, idéntico el Sacerdote, sólo es diverso el modo de hacer la ofrenda:
sobre el Calvario de modo cruento, en el altar de modo incruento. Si nosotros
no vemos en la Santa Misa, como María Santísima lo vio en el Calvario, el
Cuerpo desangrado de Cristo y su Sangre manando de las heridas, los tenemos,
sin embargo, realmente presentes en fuerza de la Consagración. Además, realizándose
esta Divina presencia bajo distintas especies, se renueva místicamente la
muerte cruenta acaecida en el Calvario con la separación real del Cuerpo y se
la Sangre del Salvador.
Del libro "Intimidad Divina" del Padre Gabriel de Santa María Magdalena O.C.D.
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